La penúltima

Mi padre era un tío silencioso, aunque eso no quiere decir que no creara ruido. En las horas que él organizaba cómo las más adecuadas para sí mismo, usaba el ruido del televisor y una concentrada actitud ante su millonésimo crucigrama para crear una sólida barrera que lo mantenía invariable al entorno. Era una barrera invisible y silenciosa, pero podías distinguir su vibración y oír su firmeza, y a mí me daba una rrrrabia terrible. Ver cómo balbuceaba ocasionales diálogos consigo mismo me hacía sentir que renunciaba a vincularse conmigo. Lo gracioso de la situación venía luego, cuando decidía poner fin a sus meditaciones y se levantaba (me han confirmado que se piensa sentado), caminaba unos pasos y daba unas cuantas sonoras palmadas en el aire acompañando rítmicamente con un pie. Entonces miraba a quienes fueran que estaban en la misma habitación, uno por uno, con los brazos en jarras y la sonrisa traviesa. Luego seguía, sin más, con lo que fuera que tenía organizado hacer. Ahora que sé más que ayer, me satisface haber tenido un padre influido por la filosofía oriental (tan imperfecta como cualquier otra filosofía), que practicaba meditación diariamente, limpieza final de energía incluida. Yo, por no aprender antes la lección, siempre hablé de más, hablé a destiempo y hablé por hablar.

Estoy tomando consciencia de cosas de las que necesitaba darme cuenta, y me sienta bien. Pero es como cuando te bañas en un mar agitado: sales, tras unas cuantas olas, como si te gustara que te dieran una paliza. Es muy cansado tener pequeñas epifanías todo el rato, por tontorronas que sean, es muy difícil de explicar con palabras y la gente no parece comprender lo que absorbe una experiencia así… En fin, que soy lentita, que me cuesta ver las cosas; y algo vaga, porque mil historias ahí, acumuladas… Menos mal que el cerebro es un aliado fantástico (ya lo habré dicho antes en alguna otra entrada), que te hace ver las cosas cuando ve que estás preparada. ¡Y es como David el Gnomo, siete veces más fuerte que tú! Aguanta más dolor físico que tú, aguanta más presión psicológica que tú; te protegerá de ciertos pensamientos si no te ve preparada para ellos, y dosificará la información si lo cree adecuado. Y, sobretodo, si él quiere que veas algo, lo acabarás viendo. Y si no lo quieres ver, te lo gritará; y si no quieres escuchar, te lo hará sentir.

Hace tiempo que no escribo en el blog simplemente porque siento dolor; más o menos intenso, más localizado o no, pero siento dolor, y cuando duele algo fallan las palabras. ¿Qué más queda? La música, entre otras, pero canto bastante mal. Y conservar mi sentido del humor, sin duda, que tampoco fue nunca muy intelectual, así que no me cuesta nada mantenerlo. Pero en silencio, por favor, porque quiero creer que al otro lado del dolor está la sabiduría. Y si hay ruido, no oiré el chiste.

Antes de volver a morirme, tengo que pensar qué me falta por decir, aunque sé con toda seguridad que volveré a hablar de más, hablaré a destiempo y hablaré por hablar. Más de una vez, lo prometo. Pero me sabría mal llegar a mi lecho de muerte y que me fallaran las palabras, así que también seguiré leyendo. Y para eso también necesito silencio.

Después de tanto tiempo, debía una última entrada al blog, pero no tengo ganas de contarle nada a nadie. O sí, qué sé yo. Da igual, la penúltima, que brindarían mis amigos, porque igual mañana me levanto y me saco de la manga otra entrada para el blog. Con esto de estar vivo…, nunca se sabe.

Modos de ver, modos de vivir

[ Preguntas extraídas de un cuestionario real ]

Actualmente, diría usted que su vista es excelente, buena, regular, mala, muy mala, o está completamente ciego/a?
Regular.

Ver, lo que se dice ver, veo bastante bien cuando llevo las gafas de sol puestas. Siempre, claro está, que haya la luz adecuada y venga del lado más oportuno; que el ambiente no esté cargado, ni haya suciedad o partículas químicas (de un aerosol, por ejemplo) en el aire; que mi cuerpo esté descansado y lleno de energía; y, sobretodo, que sea ver hacia abajo. Lo único que no he conseguido todavía, aún con las gafas de sol puestas, es mantener los párpados abiertos si intento mirar en ángulo de 90º o hacia arriba.
Todo ello es altamente frustrante, por supuesto, pero también debo admitir que me relaja a partes iguales. Hemos construido una sociedad donde el sentido de la vista prevalece sobre todo lo demás, y ahora para mí es casi un alivio no darme cuenta de los microgestos de una expresión facial. Al fin y al cabo, una mentira suena a mentira y huele a mentira, no importa cómo la interpreten.

¿Qué tan seguido se preocupa acerca de su vista?
La mayor parte del tiempo.

Sin matices. Cuando algo molesta, se hace más presente. Cuando salí del hospital, hace dos años y medio, sólo conseguía olvidarme del tema cuando estaba bajo la ducha y cerraba los ojos para relajarme. Ahora, cuando me concentro en la costura o en la jardinería, encuentro buenos ratos en los que no siento molestias y se me olvida mi incapacidad.

¿Cuánto dolor o malestar diría usted que ha sentido en los ojos o alrededor de los ojos (por ejemplo, ardor, picazón o dolor)?
Muy severo.

El pasado mes de marzo viví un disgusto personal e inmediatamente se me vino abajo el sistema inmunológico. Se me hincharon las amígdalas, me vino una regla extra y pillé una conjuntivitis que me causó dolor intenso durante un mes y medio. Aunque también debo admitir que, en general, siento menos dolor que el año pasado, y eso ya es esperanzador…

¿Cuánta dificultad tiene usted para leer la letra regular de los periódicos?
Un poco de dificultad.

Precisamente, conseguir leer un periódico se convirtió en mi reto personal cuando salí del hospital. Ahora, puedo leer sin problemas textos aún más pequeños siempre y cuando mis ojos no estén defendiéndose del ambiente, que es cuando se cierran, lloran o no enfocan.

¿Cuánta dificultad tiene para hacer trabajos o pasatiempos que requieren que usted vea bien de cerca, como cocinar, coser, arreglar cosas o usar herramientas?
Un poco de dificultad.

Otra vez, siempre y cuando mis ojos no estén cansados o molestos. Lo que todavía no he conseguido es realizar una actividad durante cuatro horas sin sufrir las consecuencias, es decir, que mis glóbulos oculares no acusen el cansancio. Además, mis ojos detectan la cebolla en una ensalada cercana antes que mi nariz, irritándose como si estuviera cortándola yo misma.

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para encontrar algo que está en un estante lleno de cosas?
Moderada dificultad.

¡Antes era horrible, me sentía una completa incapacitada! No podía ir de compras porque tardaba una eternidad en procesar la información… Las cosas han mejorado considerablemente en ese aspecto, pero sigo teniendo que moverme más lentamente para poder ir al ritmo de mi cerebro, cosa que por otro lado agradezco porque hace que sienta menos apremio. Aún así, sigo tardando una eternidad en localizar las tijeras sobre la mesa cuando estoy trabajando.

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para leer los nombres de las calles o los nombres de las tiendas?
Moderada dificultad.

Las señales de dirección o localización están estratégicamente situadas por encima de nuestras cabezas para reducir la saturación visual en nuestro entorno. Es una solución muy inteligente pero cada vez que levanto la barbilla se me cierran los párpados, y acabo encontrándome en situaciones realmente cómicas.

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para bajar escalones, escaleras o el borde de la acera cuando hay poca luz o es de noche?
Un poco de dificultad.

Ahora sólo es por la noche, porque todavía no he conseguido quitarme las gafas de sol a esas horas (cuando los ojos están más cansados). Lo peor es cruzar una calle, de día o de noche: o luz solar mirando al horizonte, o luces brillantes que se mueven hacia mí. ¡Demasiados objetos y distancias a considerar!

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para notar objetos a los lados cuando va caminando?
Un poco de dificultad.

También aquí he notado la progresión de la recuperación. Pero como suelo mirar, aproximadamente, desde la altura del pecho de una persona hasta el suelo, sigo sin saludar a conocidos que pasan por mi lado. No es mala educación, ¡es que no os veo!

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para ver cómo reacciona la gente cuando usted dice algo?
Un poco de dificultad.
Por un lado, voy mejorando; por el otro, he aprendido a confiar en mi intuición fijándome en el tono de la voz, así que ya no me importa tanto perderme las reacciones instintivas del rostro humano (las cuales, no obstante, siguen pareciéndome interesantísimas).

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para escoger y coordinar su propia ropa?
Ninguna dificultad.

Tampoco he sido nunca muy fan de los estampados y los colores brillantes…

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para visitar a la gente en su casa, en fiestas o en restaurantes?
Un poco de dificultad.

Necesito y disfruto la vida social, pero mis ojos están más cómodos encerrados en casa.

A causa de su vista, ¿cuánta dificultad tiene usted para salir al cine, al teatro o a ver eventos deportivos?
Mucha dificultad.

Voy a menos conciertos porque no disfruto del espectáculo y económicamente no me compensa. Y todavía no he vuelto al cine porque mi cerebro me dice que me perderé gran parte de la película.

¿Conduce usted un coche en la actualidad, al menos de vez en cuando?
No / Nunca he conducido (Saltar a pregunta A15)

¿Qué tan seguido ha realizado usted menos trabajo del que le hubiera gustado hacer a causa de su vista?
Todo el tiempo.

Sin matices.

¿Qué tan seguido está limitado/a en cuanto tiempo puede trabajar o hacer otras cosas por su vista?
La mayor parte del tiempo.

Precisamente, cualquier actividad queda limitada por el tiempo que tardan mis ojos en cansarse.

¿Qué tan seguido no puede hacer lo que quisiera a causa del dolor o malestar en los ojos o alrededor de los ojos, por ejemplo, ardor, picazón o dolor?
La mayor parte del tiempo.

Interrumpo constantemente todas las tareas que realizo para humedecer o limpiar los glóbulos oculares.

Me quedo en casa la mayor parte del tiempo a causa de mi vista. Diría usted que es:
Mayormente cierta.

Me protejo, claro. Pero me obligo a salir todas las mañanas con cualquier excusa y no he dejado de viajar para visitar amigos. Además, también me he obligado a asistir cada semana de este curso escolar a 2h de taller con soplete y 4h de inglés a última hora del día, lo que sumado a las 30h de costura y 3h de jardinería demuestra la caña que me he metido este año para no estar quieta.

Me siento frustrado gran parte del tiempo a causa de mi vista. Diría usted que es:
Mayormente cierta.

Sí, frustración es la palabra, pero si consigues tomártelo con humor también puedes llegar a reírte mucho. ¿Qué otra cosa queda, claro?

Tengo mucho menos control sobre lo que hago a causa de mi vista. Diría usted que es:
Definitivamente cierta.

Supongo que también he aprendido a no ser tan exigente conmigo misma…

A causa de mi vista, tengo que depender demasiado en lo que la otra gente me dice. Diría usted que es:
Mayormente cierta.

Cruzar una calle, elegir el color de un hilo, leer información en una pantalla, escoger un producto entre muchos… Suerte que nunca me ha dado vergüenza pedir ayuda, porque ahora la estoy necesitando continuamente…

Necesito mucha ayuda de otras personas a causa de mi vista. Diría usted que es:
Mayormente cierta.

Echo mucho de menos vivir sola, recuperar mi espacio y mi independencia, pero no tengo ningún problema en aceptar que es demasiado pronto para casi todo.

Me preocupa que voy a hacer cosas que me van a causar vergüenza a mi mismo/a o a otros a causa de mi vista. Diría usted que es:
Mayormente cierta.

Camino por la calle con los ojos cerrados si veo que no viene nadie, abriéndolos un momento sólo cada cuatro o cinco pasos; gesticulo de más a causa de las molestias; echo mano de un colirio cada dos por tres y siempre tengo un pañuelo listo en el bolsillo; cojo de los faldones de las camisas a mis amigos cuando cruzamos una aglomeración de gente, no puedo mirar a la cara a mi interlocutor porque se me cierran los párpados… ¡No jodamos, me siento como un bebé!

¿Pero tú, ver, ves?, me preguntan muchas veces… ¡Y yo necesito preguntas más concretas para poder explicarme!

El atrevimiento tiene genio, poder y magia

“Hasta que uno no se compromete hay dudas, existe la posibilidad de volver atrás, siempre infructuosa respecto a todos los actos de iniciativa (y creación). El momento en que uno se compromete definitivamente, entonces la providencia también lo hace. Toda una serie de acontecimientos tienen lugar a partir de esa decisión. Cualquier cosa que puedas hacer o soñar puede empezar. El atrevimiento tiene genio, poder y magia. Comiénzalo ahora.”

Goethe

Risoterapia

En julio le pedí a mi acupuntor que hiciera algo para ayudarme a exteriorizar mis emociones porque estaba claro que se me estaban quedando enquistadas. Yo, que siempre he sido de reír y llorar sin complejos, eso de que mi cerebro siguiera protegiéndome de emociones estresantes es algo que no estaba llevando muy bien. Si encima tus globos oculares sufren de sequedad y todavía no segregan suficiente lágrima, imaginad qué frustración la mierda de mohín de tres segundos que me duraba un llanto. La MTC, entre otras cosas, trabaja con fitoterapia para reforzar el funcionamiento de ciertos órganos. Así que imaginad mi ilusión de modelna de ciudad cuando te dicen que empiezas a tomar lo que él llama “gotas del corazón” y en realidad es Dang Gui Shao Yao San Tang… ¡Todo entra mejor si lleva una pizca de exotismo!

Al cabo de pocas semanas, empecé a tener experiencias únicas. Todavía no dormía muy bien, pero tenía sueños evocadores llenos de imágenes y emociones intensas, y me levantaba por la mañana con una paz interior muy agradable, como si revivir ciertas cosas hubiera servido para colocar esos recuerdos y a las personas implicadas en ellos en el sitio exacto de mi alma que realmente les correspondía. “Ooooh, qué bien, ¡qué bonito!”, me sonreía yo. Era hermoso. Un conocido me dijo que le recordaba a los efectos del peyote, ya ves tú.

Una tarde de agosto, cosía yo un bonito vestido de seda verde (que ha resultado que me queda de la muerte, que lo sepáis) mientras seguía tontamente Finding Neverland en el televisor. Estaba a punto de probármelo cuando alguien dijo: “Si creéis en las hadas, aplaudid, ¡aplaudid!”, y me sorprendió ver a la perra callejera de treinta y cinco que soy rompiendo a llorar como no lo había hecho en un año y medio. Qué cosa más agradable, pordiosbendito, ¡qué placer volver a sacar lo que una lleva dentro! Luego llegó S a buscarme y me espetó que me brillaba la mirada y que me quedaba súperbien el pelo recogido, y yo me sentí feliz por volver a tener los ojos húmedos y unas amigas maravillosas.

Desde entonces, el puzzle que se está creando en mi cabeza ha acelerado una barbaridad su propia conclusión. En tres meses he logrado encajar un sinfín de piezas, he discernido con seguridad lo importante de lo prescindible y he conseguido mirar atrás con una satisfacción y una paz que ya querrían más de una abuela de ochenta y tantos. Y, por esas cosas de la sincronía, mientras yo hervía en mi interior, la vida me ha ido poniendo cómodamente en el camino a personas y situaciones significativas a las que debía enfrentarme de nuevo. Ahora que me conozco más (y me quiero y me adoro), he conseguido medir los retos, gestionar la paciencia y escoger las armas adecuadas para salir airosa, en lugar de huir del miedo. Y una se siente muy bien con todo eso. Si hay alguna Diosa de la Providencia por ahí suelta, muchas gracias, señora.

Soy de las que pienso que cuando una tiene una olla a presión en la boca del estómago debe encontrar el modo inmediato de sacar ese calor sin causar daños mayores. La mayoría de la gente prefiere negar la vulnerabilidad, esconder las emociones negativas, como la tristeza y el dolor, o mirar para otro lado cuando detecta algo o a alguien que no le gusta. Así, lo único que construimos es una sociedad basada sólo en actitudes masculinas de éxito, fuerza y expansión, donde la emoción y la evaluación son rechazadas en pro de una respuesta lógica y una reacción inmediata. Eso no es natural.

Si el dolor psíquico se te come y no tienes dinero para apuntarte al gimnasio, o no consigues ponerte a hacer algún deporte porque no puedes levantar tu culazo del sofá, siempre puedes bajar a montar el pollo en la cola del súper, atacar a gritos a algún desconocido en el autobús o intentar putear a las ex de tu pareja, por poner algún ejemplo. Claro que yo siempre recomiendo mi actividad favorita: liar a alguien de confianza y retarle a una partida de ping-pong. No sólo limpia la mente, también estiras el cuerpo, doblas las articulaciones y se te ponen unos músculos muy bonitos. Y con un poco de suerte, tu contrincante no notará la mala leche que sacas a cada golpe.

A mí es que lo de forzar la risa no se me dado nunca muy bien. Yo soy más de coger un mazo y liarme a hostias con todo lo que encuentre en la sección de cristalería y cerámica de algún Conocidos Grandes Almacenes; recuerdo la última vez que partí una hucha y disfruté bastante. Pero los demás no tienen la culpa de lo que me ocurre a mí. Pagar con los de tu alrededor el dolor que llevas dentro me resulta tan absurdo como la Hera, esposa de Zeus, que volcaba sus iracundos celos contra las otras en lugar de echar de casa al marido. Y me resulta absurdo porque sé que yo también lo hice alguna vez (lo de pagar algo con quién no toca, digo, no lo de putear a las ex).

Pues eso, que me lío, que el verano ha tocado a su fin y estaba llegando el momento de confesarme: yo, llorar, lloro con las hadas; reír, ya sabéis, tengo dos pares de palas de ping-pong en casa y una mesa exterior a cuatro calles. Cuando queráis, acepto más desafíos.

[Entrada especial dedicada a J, X, L, P, K y S. Sin mis diosas, no habría sobrevivido al verano.]

La Gran Decepción

Entra en el blog una nueva afectada por el Síndrome de Lyell y la leo un tanto desesperada. ¿Quién no lo estaría? Me pregunto si yo me sentí así en algún momento y recuerdo que los efectos de los opiáceos en mi cuerpo me duraron demasiados meses como para impacientarme al principio. Claro que supe ver lo positivo de mi cambio de vida, y todavía no sé ni cómo lo hice… Lo que sí tengo que admitir es que abrí este blog para ayudar a otros y para ayudarme a mí misma, y no he sido del todo sincera con los demás. No he querido narrar aquí los momentos de desesperación más que desde la distancia, una vez superados; y también he escondido mi sincera opinión al respecto de instituciones como el Hospital o la Administración, o personas concretas, como tal familiar o tal amigo. La comprensión pudo conmigo.

Pero la verdad siempre acaba saliendo, y la verdad es que la decepción es un sentimiento que me ha acompañado constantemente en el último año y medio. Que las enfermeras me aseguraran que no habían visto un caso como el mío en veinticinco años no ha llevado a nadie a abrir una investigación especial sobre mi salud, como tampoco me ha servido para saltarme turnos en las largas horas de espera en los consultorios de los médicos. Supongo que he visto demasiada televisión… Han sido muchas visitas hablándole a personas que fijaban su vista en el ordenador, demasiados papeles y gestiones burocráticas para conseguir una incapacidad temporal, y muy pocas atenciones especiales, desde luego. Pero enfadarse con el mundo y decepcionarse por el funcionamiento del sistema administrativo, hoy en día…, ¿qué os voy a contar? ¿Serviría de algo?

Tampoco serviría de mucho que os hablara de mi vida personal y de las personas que me han decepcionado en este tiempo, que han sido muchas. Como ya he dicho en alguna otra entrada, lo peor de estar de baja es que el mundo sigue girando sin ti. Y la mayoría de las veces sigue exigiéndote que le entregues lo mismo que antes podías dar. El trabajo más duro es poner el límite y alejarte de las personas que no han entendido en qué situación estás, sin rencores. Creo sinceramente que he procurado mantener las expectativas bastante bajas, tanto sobre la evolución de mi recuperación como sobre las posibles reacciones de las personas que me conocen. Pese a ello, me han dado palos por todas partes. Y aquí estoy yo, manteniendo la estúpida sonrisa.

El año pasado perdí a un amigo porque me exigía que le prestara más atención, y porque creyó que yo había dicho, que otro había dicho, que nos habíamos reído… Con mi padre recién enterrado y toda mi atención centrada en su viuda, comprenderéis que no tuve ni fuerzas ni ganas de solucionar ese pequeño problema de patio de colegio. Él ha seguido sembrando dolor durante todo este tiempo y la decepción se ha ido apoderando poco a poco de mí. El tamaño de esta decepción, claro está, está resultando proporcional a la fe que tenía en esa persona, que era mucha.

La semana pasada alguien me culpó de sus problemas, me exigió a gritos comprensión ante una situación surrealista a todos los niveles, me señaló defectos inventados y me engañó poniéndome en una situación humillante propia de sociedades que creía que ya no existían. Y cuando acabó su monólogo, suspiré y me fui. No me vi con fuerzas de nada más, porque no las tengo. He estado dejando pasar los días con el objetivo de llegar a una conclusión reflexionada desde la calma, partiendo desde la resaca que deja el estupor y pasando por la tristeza, el enfado y la preocupación, hasta llegar a la irremediable decepción de nuevo. Cuando algo o alguien te decepciona, aunque seas capaz de perdonar, nada vuelve a ser lo mismo.

¿La vida me ha estafado? Yo creo que la vida nos estafa a todos sin distinción, aunque la mayoría dirá que la vida lo está tratando peor que a los demás. Yo agradezco lo que me ha pasado porque me ha vuelto más cínica, y también más capaz de relativizar. Y eso es un alivio. Aún así, sentir que alguien que te importa cree que sus problemas, sean del tipo que sean, pueden equipararse a los de alguien que ha perdido la salud, la independencia y la capacidad de integrarse en la sociedad de manera natural, me deja pasmada. A medio camino entre la risa y el enojo que me provocan esas personas, la decepción se instala cómodamente y se prepara para quedarse un largo tiempo. ¡Y yo tiemblo! Porque no nos volvemos fríos por falta de sentimientos, sino por la abundancia de decepciones. La decepción es un huracán que arrasa con toda esperanza y acaba destruyendo los pilares de la confianza, en nosotros mismos y en los demás.

Siempre me ha sido fácil hablar de las emociones, describirlas, etiquetarlas. ¡Y en esta etapa de mi vida estoy aprendiendo a gestionarlas! Cuando la vida te coge por sorpresa debemos saber esperar unos días a que las emociones se calmen un poco, hasta que llega el momento donde todo se aclara. Y ahora sé que esto que yo siento es simple y llana decepción, tanto dolor no engaña. Y a mí ya no me cabe más dolor.

Sobrevivir a las emociones

Se dice que las personas están mejor cuando ocupan el lugar que les corresponde, sean, hijos, padres, parejas… Nada nos hace más frágiles que las relaciones humanas, y eso nos enseña más sobre nosotros mismos que cualquier otra cosa. Pero a mí se me hace muy difícil definirme, encontrarme a mí misma, cuando apenas puedo desarrollar relaciones con los demás. A causa de mi salud, claro está. ¿Cuál es mi sitio cuando no pertenezco a ninguno? No trabajo, no puedo invertir en nada; no me puedo apuntar a conciertos, al cine, al teatro; no estoy en situación de salir a ligarme a alguien o hacer amigos nuevos… No es que me queje, pero me aburro soberanamente. Mi cuerpo empieza a mostrar síntomas bastante evidentes de recuperación, y eso me anima; pero no es suficiente como para poder empezar a buscar de nuevo mi lugar en el mundo, y eso me impacienta.

Dos meses llevaba sin escribir en el blog, y no sólo por el dolor que incapacitaba mis ojos y minaba mi moral. Durante ese tiempo una horda de emociones estuvo atacándome reiteradamente, y tuve que lidiar con ellas sacando temple todavía no sé de dónde: aquí, las emociones de este tipo; acá, las de este otro; para más tarde, todas las demás. Porque las emociones llegan de improvisto, suelen situarse en el estómago o el corazón y acaban provocando estados de confusión mental, y yo he comprobado que a mí, en este preciso momento, emocionarme me estresa una barbaridad. Y eso no es lo que yo quiero ahora. Necesito trabajar sobre la parte frágil de mí.

Durante estos meses, el pasado me ha provocado conflicto y remordimiento, y me ha hecho sentir engañada y sola. El presente, por otro lado, me ha ido trayendo desaliento, fastidio, inquietud, recelo, duda, agobio, ira, consternación y decepción, ansiedad y angustia (¡que no es lo mismo!), pero logré hacer evolucionar todo eso hacia la gratitud, el alivio y el consuelo, el entusiasmo ocasional y la satisfacción de saber que no se puede hacer mejor de lo que ya lo estoy haciendo. Y ya es mucho más de lo que otros podrían contar. El futuro, que siempre llega cuando no estás mirando, ha llegado a darme pánico. Me ha hecho sentir apremio e intranquilidad, y eso, a su vez, me ha hecho sentir cobarde y avergonzada. Por último, la nostalgia se ha apoderó de mí durante toda una semana. Lo divertido es que cuando cojo una emoción, la saco de donde está enquistada, la razono y la sitúo donde mi cabeza dice que debe estar, me da un ataque de risa. Ser una inválida me ha dado mucho sentido del humor…

Mis fragilidades constituyen fuerzas en las que puedo apoyarme y posibilidades de establecer relaciones con los demás sin intentar dar la apariencia de que soy una persona fantástica y exitosa. No quiero vivir en el pasado, lamentándome de todo aquello me hizo daño y de lo todo lo que me dejé por hacer. No quiero, tampoco, vivir en el futuro, soñando con la imagen de lo que seré y midiendo mis pasos con sentido estratégico para conseguir mis objetivos. La felicidad está dentro de mí, de acuerdo, pero me estoy dando cuenta de que soy una inepta cuando se trata de conciliar mi interior y lo que me rodea.

El tiempo va pasando y las cosas van ocurriendo. Y ocurre que a toda esa impaciencia que sentía le está entrando la flojera. Ocurre que hace dos noches me quité las gafas de sol un bar y sentí una sensación increíble. ¡Fue increíble volver a pasear de noche por la ciudad! ¡Fue increíble poder mirarle a alguien a los ojos sin esconder la mirada! Pero si puedo empezar a hacer esas cosas de nuevo, quiere decir que pronto tendré que empezar a ponerme las pilas. Tendré que empezar a centrarme y organizar mis horarios para rendir más y mejor, siempre en función de mis ojos, claro. Pensaba en empezar a hacer eso, desarrollar esto otro, y ayudar en aquello. No es que me haya quedado muy parada en este último año y medio de mi vida, la verdad, pero es más fácil cuando nadie te obliga a nada. Me he sentido muy protegida encerrada en mi condición de enferma y ahora que empiezo a vislumbrar un futuro me estoy empezando a asustar. Me siento como si fuera un niño con ansias de empezar el nuevo colegio y que rompe a llorar en cuanto su madre le suelta la mano en la puerta.

Antes del Lyell nunca me había dado miedo volver a empezar. Nunca. Nunca, nunca, nunca. Ahora lloro cuando la vida me presenta nuevas oportunidades. Yo ya no sé si es la edad, o qué…

Reescribir la historia

Hace ya diez años de mi primera visita a Granada. Con poco dinero en el bolsillo, decidí hacer una pequeña ruta en autobús empezando en la ciudad de Boabdil y acabando en la Tacita de Plata, Tarifa mediante, sin poder evitar que se me apuntara una mala amiga. Mala, digo, porque debería estar prohibido salir a la calle si a la segunda cerveza se pone uno a echar bilis por la boca. La comida y la bebida deben compartirse con alegría y entusiasmo por parte de todos los participantes, sino, se corre el peligro de una mala indigestión. Pero tan malos recuerdos no debí guardar, puesto que propuse la ciudad, muchos años después, para un regalo a un viejo amigo a quién sus más próximos querían sorprender. Organicé el viaje, con entradas incluidas a la Alhambra y a un hammam, y guié en la ruta de tapas, pero no me libré de recibir una estocada en toda la espalda el último día. Más que tener mala pata con los amigos, lo mío es de tonta de capirote…

Pero Granada y yo debemos tener una relación especial porque la vida me ha dado una tercera oportunidad. L está trabajando en las Alpujarras granaínas y no dudó en ofrecerme su hospitalidad para que yo pudiera huir de mi aburrida realidad en Barcelona. El largo camino hasta Capileira me obligaba a hacer parada y fonda en la capital, así que esta vez quería asegurarme de que la compañía no me iba a joder la experiencia. Demasiado insegura todavía para andar más de tres días sola por el mundo, me acordé de que X es la persona perfecta para cualquier tipo de viaje. Y esta vez sí, lo conseguí, reescribí mi relación con Granada. Tuve suerte, por supuesto, no siempre que vuelves a un lugar recibes las mismas buenas vibraciones. No sería la primera vez que decido probar de nuevo un bar y descubro que ha cambiado de manos y sus albóndigas ya no son lo que eran. Pero siempre he mantenido un vínculo emocional con los lugares que he visitado, más allá de lo buenas o malas que han sido las compañías, identificándome como protagonista absoluta de la experiencia, y motivo y causa última de la misma. Seré todo lo insegura que queráis en muchas cosas, pero cuando me ponen una cerveza y una tapa delante, mi ombligo es el centro del mundo.

Puesto que no podemos manipular el futuro, podemos intentarlo con el pasado. No podremos borrar cosas que ocurrieron, ni añadir detalles que lo harían distinto. Todo eso nos haría diferentes a lo que ahora somos y, quién sabe, quizá no nos gustaríamos. Pero, como en el teatro, podemos volver a interpretar la escena. Podemos volver a ese sitio señalado, situarnos de nuevo en el mismo lugar, levantar la vista del suelo y ver qué pasa. Quizá el lugar siga siendo el mismo pero nosotros, sin duda, habremos cambiado.

De todas formas, cuando subí a la sierra, caí en la cuenta de que el viaje no había sido muy buena idea. Aunque sabía que alejarme de la contaminación le iba a sentar muy bien a mis ojos, no había pensado en la intensidad del sol brillando a 1500m de altura. Los pocos paseos silvestres que pude practicar los hice mirando al suelo, buscando los pies de L para no perderme y levantando cada poco la vista para no darme de morros con las cabras y los árboles. Tremendamente frustrante, vamos. Y agotador, física y mentalmente. Pero esto es lo que hay, este es mi presente: encerrarme dentro de casa cuando sale el sol, perderme las maravillosas vistas del Valle de Poqueira cubierto por la blanca y resplandeciente niebla y no poder mirar a la cara a las personas con las que te tomas un vino porque los párpados se te cierran solos. El presente es el que es y se escribe mientras se vive, y eso no se puede cambiar.

El futuro no existe; el presente no puede cambiarse y menos ocuparlo pensando en qué se andará mañana; el pasado, no obstante, puede reescribirse un poco. Y yo, mientras añado presente a mi recuperación e intento no agobiarme demasiado con mi futuro (que lo hago, para qué nos vamos a engañar), procuro acumular experiencias que me permitan, más delante, volver a escena y reescribir mi historia.

Y algún día volveré a Capileira y la historia será distinta.